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La crisis siempre fue moral

Publicado: 2021-02-16

Desde que inició la pandemia de Covid19 en Perú, científicos y opinólogos de todas las vertientes han tratado de explicar por qué hemos sido uno de los países más golpeados por la enfermedad: si fueron las limitaciones del crecimiento económico, si la baja calidad de los servicios básicos, si la impertinencia de las decisiones políticas, si la inefectividad de las normas, si la incontrolable informalidad, entre tantas otras razones. Tanta economía y ciencia política, tanto derecho y sociología, no parecen servir de nada. La crisis provocada por las vacunas que investigadores y funcionarios repartieron a discreción, a espaldas de los trabajadores que morían en primera línea, da cuenta de que el problema que acompaña a todos los problemas es nuestra precariedad moral.

Si el Perú se ha derrumbado en este último año es porque demasiadas decisiones individuales han sido egoístas, dolosas y letales a la vez. Pueden haberse presentado casos ejemplares de solidaridad y esfuerzo colectivo durante la pandemia, pero no son ni tan frecuentes ni tan felices ni tan fuertes como para darle vuelta al impacto de alcaldes robando canastas de alimentos, gobernadores coimeando por hospitales que nunca acaban, congresistas gozando en Miami en plena emergencia o presidentes vacunándose en las alcantarillas. No olvidemos a los guachimanes que te cobraban por ver a tus muertos, a las clínicas que especulaban con los medicamentos, a los traseuntes que ignoraban las mascarillas, y a las bandas que extorsionaban a quien busca oxígeno. Agregue usted más ejemplos. 

Cada una de las tragedias que ha enfrentado el Perú se ha visto siempre atravesada por un halo de corrupción e impunidad que no ha sido únicamente catastrófico, sino también pedagógico. Y no digo pedagógico en un sentido ideal y filantrópico, sino en un sentido realista y cruel. Una de las consecuencias más acongojantes de que estos funcionarios hayan dispuesto de las vacunas como si fueran suyas, pese al poder efímero que se les otorga, es que gracias a ellos los peruanos reafirmamos que así se hacen las cosas en el país y, por lo tanto, que así debemos hacerlas. No hay contraejemplo: aquí gana el más pendejo, aquel que se olvida del resto para salvar su pellejo. Se trata de sobrevivir a costa de convivir.

Pero más lamentable es esa horrible sensación de que la mayoría de peruanos habría hecho lo mismo de haber tenido las vacunas enfrente. Esa sensación asfixiante de que estamos cortados con la misma tijera porque ni siquiera la señora Mazzetti tuvo la hidalguía de decir que no, de denunciar y de parar esta mafia de vacunas disfrazada de gente preocupada. Muchos sabían lo que estaba pasando y no dijeron nada, porque hombres y mujeres, viejos y jóvenes, políticos y empresarios fueron cómplices feroces de esta nueva desilusión. Esa idea completamente razonable de que cualquier peruano elegido al azar habría actuado con esa misma mediocridad asesina con la que actuaron investigadores y funcionarios y a la que Hanna Arendt califica de banalidad del mal.

El Bicentenario nos recuerda que pudimos habernos liberado de la colonia española, pero no nos liberamos de nuestros demonios interiores. La crisis de las vacunas chinas en el Perú el año 2021 sirve para recordarnos que no es un político salvador quien nos rescatará de las cloacas. Desafortunadamente, no tengo la mínima idea de qué cosa podría rescatarnos de ellas.


Escrito por

Elohim Monard

Peruano y amazónico. Profesional en temas de paz, seguridad y conflictos. Rotary Peace Fellow y embajador del Índice de Paz Global.


Publicado en

Tormenta Tropical

El título de este blog evoca un proyecto de mi padre, allá en la Amazonía donde nací. Aquí ordeno mis ideas públicamente.